Durante años, València era la ciudad peninsular más rica y populosa de la Corona de Aragón. Una urbe, enorme y rica; que era, además, mercantil, hedonista, culta y jolgoriosa. Palmart no se equivocó, montó el negocio y, definitivamente establecido, publicó numerosos incunables

Manuel Muñoz Ibáñez | Presidente De La Real Academia De Bellas Artes De San Carlos 

Como es bien conocido, el impresor de origen flamenco o alemán, Lambert Palmart, una vez instalado en Valencia, editó en 1474 Les obres o trobes en lahors de la Verge Maria, primera obra literaria impresa en España, compuesta por una colección de poemas en un ejemplar de 66 hojas, de las que 58 fueron estampadas con letra redonda. Precedentemente, se había compuesto el Sinodal de Aguilafuente en Segovia, que trataba cuestiones relativas a las conclusiones de una reunión eclesiástica.

Tras la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg y la publicación de su famosísima Biblia de 42 líneas, estampada sobre 1282 páginas entre los años 1450 y 1455, se fueron formando en su taller aprendices y oficiales, que muy pronto procedieron a aplicar sus conocimientos. Portando por Europa las prensas de madera y los tipos móviles en carromatos, se fueron instalando en los lugares en los que veían negocio. Durante aquellos años València era la ciudad peninsular más rica y populosa de la Corona de Aragón, y a pesar de haber padecido cinco epidemias de peste durante la misma centuria (la de 1459, con 12.000 fallecidos), unos años más tarde, en el censo de 1483, tenía 15.000 fuegos, lo que equivalía a 75.000 habitantes. Una urbe, enorme y rica; que era, además, mercantil, hedonista, culta y jolgoriosa. Palmart no se equivocó, montó el negocio, y definitivamente establecido, publicó numerosos incunables, incluyendo, entre otros, la Biblia de Bonifacio Ferrer (1478). El éxito atrajo a otros impresores, especialmente flamencos y alemanes; y la ciudad, del mismo modo que concitó la atención de los pintores más relevantes (Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano, se hallaban pintando los Ángeles Músicos de la Catedral desde 1472), incrementó los talleres, publicando obras religiosas, pero otras muchas laicas: Tirant lo Blanch en 1490; Llibre dels jocs partits dels escacs, de Francesc Vicent, 1495; Lo procés de les olives, de Bernat Fenollar, en 1497; y, especialmente, las de Francesc Eixímenis (1303-1409), que constituían tratados religiosos y sobre comportamientos, de gran éxito durante aquel siglo y el siguiente: Primer Llibre del Crestià, publicado en 1483; Regiment de Princeps, en 1484; Regiment de la cosa Pública, en 1499. Así, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que en el arranque de la Galaxia Gutenberg, Valencia ocupó un lugar especialmente relevante en el panorama de los reinos europeos.

La eficacia de la imprenta valenciana se mantuvo en el quinientos (Costilla, Vinyau, Navarro y el flamenco Joan Mey, casado con Jerónima Gales, fundadores de una dinastía de impresores, que se prolongó en la ciudad durante el siglo XVII). Tras un periodo de un cierto letargo, la imprenta valenciana resurgió de nuevo con una gran fortaleza en el XVIII (Bordazar, Orga, y el gran Benito Monfort, uno de los grandes maestros impresores europeos, editando obras de Pérez Bayer, Juan Luis Vives, y la Historia de España, de Juan de Mariana, en nueve volúmenes) continuando la empresa sus descendientes hasta bien entrado el XIX. Años después, renace la industria con los Brusola, Guix, Doménech, Ortega, y Vives Mora, entre otros muchos.

Apresurados apuntes que vienen a mostrar la riqueza de los procedimientos que fueron mejorando en calidad, mientras las máquinas y los útiles se mantuvieron muy semejantes a los primigenios hasta bien entrado el siglo XIX, cuando fue evolucionando el proceso de mecanización: se sustituyeron las prensas de madera por otras de hierro; y, tras ello, por máquinas planas. Se incorporó la energía de vapor, y posteriormente, la eléctrica; se introdujo el grabado de boj, la litografía, y el fotograbado, apareciendo las rotativas en 1843, y las linotipias, en 1886.
Sin embargo, desde el principio, y después, a lo largo toda esta evolución, se fue manteniendo un espíritu especial entre los impresores que los distinguía de otras profesiones. Los tipógrafos eran conscientes de que manualizaban ideas y de que una página sencilla era el fruto de un trabajo inmenso; por ello correspondían buscando la pulcritud y el diseño como disciplina, de tal suerte, que cuando los pliegos se cortaban listos para encuadernar, sentían haber elaborado una pequeña joya.

En 2006 tuve la oportunidad de darme cuenta de estas cosas y de apoyar el desarrollo de la primitiva colección del Museo de la Imprenta ubicado en el Monasterio de Santa María de El Puig. Me dejé ilusionar por maestros impresores y por generosos mecenas, para llevar adelante con ellos lo que ha resultado ser el segundo centro europeo de esta disciplina, que invito a conocer. Entonces, los acompañé a Maguncia para aprender, y descubrí que en el Museo Gutenberg eran recibidos como celebridades. Me explicaron que en Europa eran una rareza los antiguos ingenios de los impresores, porque fueron fundidos para fabricar piezas de artillería, pero en España, no; y ello nos daba una magnífica oportunidad. Adquirimos una preciosa prensa de hierro, ImperiaL, de 1828, a muy buen precio, y rescatamos docena y media de máquinas que el Ayuntamiento de Barcelona se planteaba regalar. Otros antiguos empresarios se volcaron con desprendidas donaciones, y un equipo de conocedores, se dispuso durante varios meses, a limpiar los oxidados y apelmazados mecanismos hasta que pudiesen funcionar de nuevo. Surgió, tal que una pequeña resurrección, impresionante. A punto de acabar, tuve la idea de homenajear a McLuhan, colocando en el testero su famosa frase; porque La Galaxia Gutenberg, ¡al fin!, entre todos la habíamos conseguido, y estaba con nosotros.

 

Fuente: LEVANTE-EMV de 14/10/2017